Casa en la Playa Mar Azul, Buenos Aires + info
Ubicación: Mar Azul, partido de Villa Gesell, provincia de Buenos Aires, Argentina
Arquitectos: María Victoria Besonías, Luciano Kruk.
Colaboradores: Sebastián Indri, Arq. Leandro Pomies
Superficie del terreno: 950 m²
Superficie construida: 181 m²
Año de construcción: 2008/2009
MEMORIA por María Victoria Besonías
 
 
 
Esta obra es el resultado de un proceso que se inicia con la construcción de una vivienda en una zona de ese balneario dominada por un denso bosque de coníferas. De ahí la necesidad de contar con esos antecedentes para comprender lo esta casa propone.
 
Construir en el Bosque
Proponer alternativas que garanticen la supervivencia de los entornos naturales Mar Azul es un lugar que conocemos hace muchos años por esa razón cuando en el 2004 construimos la primer obra sabíamos que teníamos que intervenir en un territorio que a pesar de su gran valor paisajístico nunca contó con un sostén legal que resguardara ese patrimonio de la voracidad de los que lotean con un único objetivo: sacar la mayor renta de la tierra. Que tampoco cuenta con un código que, comprendiendo la lógica de ese entorno privilegiado, reglamente resolviendo el desajuste entre ese loteo inapropiado y las posibilidades de construir sin que se pierda la calidad ambiental del sitio. A esta situación descripta se le suma como agravante la proliferación de una tipología “casa pintoresca en un lugar de fantasía”, que paulatinamente va “domesticando” ese bosque, dueño aún, de una potente presencia agreste. Operar en ese sitio significó entonces asumir sus desajustes como un desafío y ver, hasta dónde, los arquitectos podemos hacer un aporte alternativo. La respuesta fue la proposición de una arquitectura de mínimos recursos tanto materiales como formales, no sólo como elección estética sino como principio ético de valorización de un uso más racional de los variados recursos disponibles. Esa arquitectura despojada debía incorporarse al paisaje con voluntad de pertenencia, buscando integrarse a esa realidad preexistente. Para que esto suceda es necesario “saber escuchar” lo que el sitio comunica de manera que los primeros acercamientos deben estar libres de prejuicios respecto del mismo para poder captar no solo los datos tangibles y por lo tanto calificables y mensurables, sino aquellas atmósferas que el lugar brinda y que sólo podremos percibir si nuestra mirada está libre de preconceptos sobre el mismo. Esto quiere decir practicar el ejercicio de “ver por primera vez”. Considerar los datos, dejarse invadir por esas sensaciones que el lugar suministra e imaginar como el propio proyecto los capitaliza, es fundamental para que arquitectura y paisaje puedan fundirse. Habíamos practicado este ejercicio (casi como un vicio profesional) veraneando en Mar Azul en reiteradas oportunidades, de manera que valorábamos la potente presencia paisajística de su bosque, las sensaciones que suministran sus continuos cambios en el tiempo, pero además habíamos experimentado el microclima que provee: la atenuación de los fuertes vientos marinos que se producen debajo de los árboles, la sombra constante que estos suministran protegiendo del calor en verano aunque produciendo un ambiente muy húmedo en invierno, y algo que para nosotros fue determinante en la toma de decisiones a la hora de proyectar, el hecho de que bajo los pinos se ve reducida notablemente la cantidad de luz durante todo el año. También sabíamos que el bosque no requiere de mantenimiento, salvo remover la vegetación seca, si no se introducen nuevas especies que rompan esa armonía.
 
Aprovechar lo que el ambiente ofrece
Reconocer este particular microclima fue determinante, (junto con el bajo presupuesto disponible y la necesidad de mantenimiento nulo de la casa) de las decisiones estético-constructivas que definieron la obra. La necesidad de captar la luz dio lugar a concebir esa primer obra como un “semicubierto” y resolverla entonces con grandes paños de vidrio que desde adentro posibilitaran vistas en todas direcciones y desde afuera reflejaran el paisaje haciendo que la casa se mimetizara con el mismo. La necesidad de acelerar los plazos de ejecución de la obra y evitar su mantenimiento posterior nos decidió a construir con hormigón a la vista. La sombra reinante por otro lado nos permitía utilizar este material ya que la misma suministra suficiente protección térmica desde la primavera hasta entrado el otoño. Su acondicionamiento para el invierno no era demasiado relevante (aunque por supuesto estuvo previsto) ya que su uso es muy limitado dada su condición de casa de veraneo. La aislación hidrófuga se resolvió con un hormigón de gran compacidad y con un estudio de la forma de la envolvente para que la evacuación del agua de lluvia se realizara muy velozmente.